martes, mayo 17, 2011

Carmen Beatriz Ruiz: “Soy una adicta al trabajo”

Personalidad | Es la primera mujer en recibir uno de los premios más importantes de la institución del periodismo boliviano, la ANP.

El Premio Libertad 2011, que otorga todos los años la Asociación Nacional de la Prensa(ANP), llegó a manos de la investigadora y comunicadora Carmen Beatriz Ruiz Parada, por su destacado trabajo profesional y su defensa de los derechos humanos .

Es la primera mujer que recibe este galardón, luego del cardenal Julio Terrazas, Alfonso Prudencio “Paulovich”, José Gramunt de Moragas y Pedro Rivero Mercado. Marco Dipp, presidente de la ANP, dijo en el discurso de entrega que “vimos la pertinencia de entregar este año el premio a Ruiz por encarnar, a través de su trayectoria profesional, la defensa de los derechos humanos en todos sus ámbitos. Ha sido una decisión pertinente y propicia a su trabajo que realiza al servicio y a favor de la sociedad, por el éxito profesional y la defensa de la libertad de expresión y de prensa”.

El galardón entregado a Ruiz, una estatuilla diseñada por la artista cruceña Ejti Stih y vaciada en bronce por su colega Juan Bustillos, representa el grito de libertad expresado por un ser humano al trasponer una puerta abierta, que coincide con los propósitos de la ANP. Aquí conversamos con la “Negra”, como la conocen muchos, una mujer abierta y de temple.

¡OH!: La pregunta obvia, ¿Se esperaba este premio? ¿Por qué cree que lo merece?

Me sorprendió porque hace varios años que, aparte de mi columna, no estoy actuando en la vida pública. Y columnistas hay muchos y muchas. Yo escribo porque lo necesito, porque es un medio de expresión de mi constante interés por la situación del país y por la vida de nosotros, las y los ciudadanos.

¡OH!: ¿Qué sintió el momento en que la gente aplaudía lo que significa un reconocimiento a su trabajo de tantos años? ¿Cree que deja huella?

Emoción, por supuesto, y el mensaje de que lo que las personas hacemos de buena fe, en alianza con tanta gente, no es en vano. Pese a los momentos de preocupación y hasta frustración a veces, las y los bolivianos (individualmente y en las instituciones) seguimos buscando y construyendo formas conjuntas de mejorar nuestro país.

¡OH!: De todos los trabajos que ha tenido, ¿Cuál es el que más la ha marcado y por qué?

Cada experiencia ha sido distinta y me posibilitó aprender cosas nuevas y compartir con distinta gente. En el Centro de Promoción de la Mujer Gregoria Apaza (El Alto) me sumergí en la vida cotidiana de las mujeres alteñas, que literalmente han levantado esa ciudad con sus propias manos. En la Subsecretaría de Asuntos de Género y la Defensoría del Pueblo me enamoré de las posibilidades de actuar desde el Estado. Con el Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (CIPCA) y la Fundación TIERRA asumí que Bolivia no puede abandonar sus vocaciones productivas y la defensa de los derechos campesinos e indígenas. Apostamos por Bolivia, que acompañó el proceso de la Asamblea Constituyente me mostró las dramáticas brechas entre el discurso y la práctica. Lo que une todas esas experiencias es la intensidad con que las viví, puesto que soy, como se dice ahora, una adicta al trabajo.

¡OH!: ¿Qué significa para Ud., este premio, ¿puede decirse que es un reconocimiento también al trabajo de las demás mujeres periodistas?

Significa que tengo que perseverar en el “trabajo hormiga” de defensa de los derechos humanos, la construcción democrática, desde cualquier lugar en que esté. Por supuesto que se trata de un reconocimiento a muchas mujeres, lamentablemente a veces invisibles, que hacen el mismo trabajo, cotidianamente.

¡OH!: Al respecto, siendo objetivas, ¿hay más ventajas para una mujer que para un hombre cuando elige ser periodista, o es alrevés?


Para el desempeño en el periodismo no hay ventajas intrínsecas según el sexo, en cambio muchas veces hay dificultades para las mujeres debido a los horarios, la inseguridad y la alta rotación en los puestos de trabajo. A veces se banaliza la participación de las mujeres en el periodismo porque se cree que, por ejemplo en la televisión, se tienen que poner caras bonitas solamente. Sin embargo, una lista larga de periodistas agudas y persistentes muestra que muchas condiciones consideradas femeninas pueden aportar enormemente a la mejor calidad del periodismo, por ejemplo el interés por los hechos de la vida cotidiana, las relaciones humanas y un abanico de temas más amplio y rico que la política y los deportes (intereses tradicionalmente masculinos).

¡OH!: ¿Qué caracteriza a una mujer periodista?

Me gusta pensar en las periodistas como personas trabajadoras, agudas y responsables, comprometidas con la verdad, que se interesan por los sentimientos de la gente y que intentan mostrar los lados más intensos, pero también positivos de la vida.

¡OH!: En su discurso habló de la libertad de expresión, ¿Qué es la libertad de expresión? ¿Dónde termina el derecho de uno y comienza el del otro?

Libertad de expresión es el ejercicio de un derecho humano fundamental a enunciar a través de cualquier medio de expresión, información, artístico y de comunicación, su pensamiento, sentimientos y opinión. El límite para el ejercicio de cualquier derecho lo pone la responsabilidad, es decir, no afectar los derechos de otras personas.

¡OH!: ¿Qué importancia le da al periodismo de investigación, pese a los riesgos que los periodistas corren?

Las y los periodistas y comunicadores tenemos la obligación de investigar, es parte de nuestra responsabilidad en el oficio. Si no se hace investigación, cualquier persona que copie textos o diga lo que piensa podría ser periodista, hasta un robot. Sentimientos y responsabilidad son valores intrínsecos de nuestro oficio. Tiene riesgos, pero nadie nos dijo que sería fácil.

¡OH!: ¿Cómo evalúa el periodismo hoy en Bolivia?

Tengo la impresión de que en la última década en el país el periodismo en particular y la comunicación en general, pero sobre todo lo que se hace a través de los medios audiovisuales, han perdido calidad al usar en exceso y sin control técnicas más inmediatas como los programas en vivo, participaciones por teléfono, priorizar notas de prensa amarillista y opiniones como si fueran un oráculo. Son tiempo y recursos inmediatistas en desmedro de una mejor preparación de materiales, técnicas más reflexivas y, por tanto, más responsables con las audiencias. La gente se merece lo mejor, no lo primero que salga.

¡OH!: ¿Cuáles son sus mayores defectos y cuáles sus virtudes?

Es una pregunta comprometedora. Mis mayores defectos son la impaciencia, el perfeccionismo y exigir demasiado a las personas. Prefiero que otros hablen de mis virtudes.

¡OH!: Por último, a tiempo de felicitarla nuevamente, ¿cómo pudo combinar su tarea de periodista con la de madre y esposa?

Porque tengo un compañero fenomenal, con el que hemos compartido todas las tareas domésticas e intelectuales. Nos casamos muy jóvenes y en época de dictadura. Esas circunstancias contribuyeron a que asumamos los compromisos juntos.

¡OH!: ¿Cuáles son sus nuevos planes?

Estoy trabajando en dos libros de narrativa y seguiré aportando con investigación y debates en el área de producción campesina y desarrollo rural.

El perfil

Carmen Beatriz Ruiz Parada

Cruceña, licenciada en comunicación social (Universidad Católica Boliviana), maestría en ciencias sociales, mención antropología (Universidad de la Cordillera).


Experiencia de trabajo en comunicación y gestión institucional en el área de los derechos humanos y el desarrollo. Ha trabajado en el Estado, en la Subsecretaria de Asuntos de Género y la primera gestión de la Defensoría del Pueblo de Bolivia; en Organizaciones no Gubernamentales, como el Centro de Promoción de la Mujer Gregoria Apaza, Radio Pachamama y Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (CIPCA); entre 2004 y 2007 fue directora ejecutiva del consorcio Apostamos por Bolivia; Asociación para la Ciudadanía, especializado en el proceso constituyente boliviano desde la perspectiva de los derechos indígenas, esfuerzo de cuatro instituciones no gubernamentales del país. Actualmente trabaja como investigadora asociada a Just Governance Group. www.justgovernancegroup.org y al Instituto para el desarrollo Rural de Sudamérica www.sudamericarural.org. Desde 2006 a la fecha es columnista quincenal del periódico La Razón.

Últimas publicaciones:
- Espejos en la memoria. Editorial Gente común. La Paz, agosto de 2010.
- ¿Qué esperar de las ONG? Enfoques y prácticas de desarrollo rural en los países
andinos. Co autora con Oscar Bazoberry. Editor EED. La Paz, enero 2010.
- Crecer con el Siglo, Editorial Plural y Coordinadora de la Mujer 2006.

Múltiples resonancias (*)

Allá por el año 1998, cuando los miembros del equipo convocado y dirigido por Ana María Romero de Campero construíamos la primera etapa de la Defensoría del Pueblo, realizamos una serie de talleres a lo largo del país y una encuesta nacional de percepción sobre el ejercicio de los derechos humanos. Uno de los ejes de ambas actividades fue preguntar a la población qué logros destacaba de la democracia y qué derechos consideraba de mayor relevancia para su vida en democracia. El derecho a la libertad de expresión fue mencionado como uno de los principales logros y, junto con el derecho al trabajo, como una de las demandas más valoradas.

La misma y querida Anamar nos transmitió esa pasión que, según su propia experiencia, hermanaba la práctica del periodismo con la filosofía del Ombudsman, la defensa de los derechos humanos y la de la construcción democrática, expresándose a través de la actitud que ella describía como una necesaria irreverencia frente a cualquier forma de poder. Una irreverencia registrada y constatada en nuestra historia atravesando auges económicos, etapas políticas y ensayos libertarios; una aspiración con múltiples resonancias que van más allá de lo estrictamente jurídico y político.

Hoy, tres de mayo, y desde el año 1993, se celebra el Día Mundial de la Libertad de Prensa, como una oportunidad para recordar sus principios fundamentales, evaluar su práctica y relevar su necesaria independencia. La fecha fue instituida por la Asamblea General de las Naciones Unidas, a partir de la Conferencia General de la UNESCO que en Windhoek, en Namibia, mediante resolución de 1991 sobre la Promoción de la libertad de prensa en el mundo reconocía que una prensa libre, pluralista e independiente “es un componente esencial de toda sociedad democrática y un derecho humano fundamental”.

Recordemos que el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos expresa que “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”. La libertad de expresión es la contracara del derecho a la información, que se entiende como el derecho a saber, a conocer aquello que nos afecta, nos compromete o, sencillamente, nos interesa.

La percepción de la población boliviana no debe ser una excepción, puesto que, por estos días la Presidenta de Brasil quiso celebrar el Día Internacional de la Libertad de Prensa con una nueva ley de información destinada a transparentar las acciones del Estado. Una ley resistida por varios sectores históricos de poder en el hermano país, especialmente por los militares, para quienes los recelos contra la liberación informativa se basan en el miedo a revelaciones de una historia cercana, aproximadamente de hace unos 50 años, que puede conducir al Congreso a revisar la Ley de Amnistía de 1979 que amparó a sindicados de tortura y asesinato en el período de las dictaduras (Leonora Gosman, en La Nación, Argentina, del 21 de abril de 2011).

Una amnistía que está en debate en Uruguay, donde el Senado aprobó dejar sin efecto la Ley de caducidad, vigente desde 1986 “que ha permitido hasta el momento no juzgar a los militares acusados de cometer atroces delitos durante la dictadura de 1973 a 1985” (Soledad Gallegos, El País de Madrid y Clarín, de Argentina, 23 de abril de 2011). El presidente Mujica no está de acuerdo con la decisión congresal, que ahora debe pasar a la cámara de diputados, aunque fue torturado y estuvo 15 años preso durante ese período, igual que otros históricos dirigentes tupamaros, su esposa entre ellos. No quiere, dice, remover los cementerios de la memoria. Una memoria triste que la población uruguaya votó por sepultar a través de dos referendos.

Detrás de otras tristes memorias andamos en nuestro país, donde desde hace años varios grupos y personas, entre ellos los familiares del asesinado líder político Marcelo Quiroga Santa Cruz están pidiendo, sin éxito hasta ahora, que se abran los archivos militares para conocer, finalmente, dónde están enterrados sus restos.

Saber qué pasó es fundamental para perdonar, por eso estos procesos suelen llamarse de verdad y reconciliación. Es que los caminos de la memoria están directamente relacionados con la posibilidad de justicia y están más cerca del perdón que, como suele creerse, de la venganza, como ha ocurrido, con diversa suerte, en Argentina, Brasil, Perú, Sudáfrica y Uruguay, para mencionar sólo algunos ejemplos.

En todo caso, con las diferencias propias de cada país y su historia, queda la evidencia de que para perdonar, previamente hay que conocer y reconocer los hechos. Recordar, saber y olvidar son decisiones directamente relacionadas con ambas dimensiones de la libertad, la del derecho a la información y la de la libertad de expresión, porque, en esencia, ¿qué es la libertad? La filosofía dice que es la expresión básica de la autodeterminación de los seres humanos, mientras que en el ámbito de la política se define la libertad como la ausencia de restricciones.

La mayoría, sino todas las expresiones de la construcción humana: sentimientos, conocimiento, normas, empresas e instituciones son percibidas y ejercidas en una doble y simultánea dimensión. Como todos los conceptos claves de la historia humana, se trata de una palabra de contenido multívoco, denso y complejo. Sin embargo, en la mayoría de sus acepciones hay un elemento común: no es posible concebir la libertad encapsulada en sí misma, sino que, necesaria e intrínsecamente, como el conjunto de los actos centrales de la humanidad, conlleva su contrapartida: la responsabilidad.

Sin responsabilidad sería imposible la convivencia humana y, menos aún, la convivencia democrática. Esto vale para el derecho a la información y para la libertad de expresión, en la misma, inexcusable medida, que vale para cualquier otro derecho humano. En sentido lato, la responsabilidad puede ser entendida como límite de la libertad. Una delimitación necesaria para cualquier acto de la vida en sociedad, donde se la encuentra como respeto a los derechos de terceros, reglas de convivencia, contrapesos al poder, aceptación de la diferencia y la disidencia, salvaguarda del bien común, respeto al bien superior, reconocimiento de la diversidad cultural y necesidad de deliberación y diálogo.

Si la responsabilidad social debería ser la única frontera para la libertad, uno de sus mayores enemigos es la pobreza. Se trata de otra vivencia indiscutible en nuestro país y en la región, en cuya historia en demasiados momentos nos hemos visto confrontados a decidir entre la libre determinación y el bienestar, en el centro de un falso dilema que jamás tiene un final feliz.

Pertenezco a una generación de mujeres que estrenó su inserción a la ciudadanía pública luchando contra las dictaduras en un período histórico en que la libertad era tan fundamental como la justicia, la igualdad de oportunidades y una distribución equitativa de los recursos. Todas las fronteras nos resultaban agresivas y proclamábamos que queríamos “democracia en el país y en la casa”. En ese empeño transitamos por ámbitos e instituciones diversas, tratando de “no morir en el intento”, aunque sin duda dejamos varios retazos de vida en el camino, pero logramos conservar intacto el anhelo de justicia.

Quizá sea por eso que considero que la noción de libertad en general, y la de libertad de expresión en particular, están injustamente vinculadas sólo a la política, a su vida rutinaria y a las situaciones de su vulneración en su ejercicio pedestre, siendo que es parte de todos los derechos, civiles, económicos, culturales y políticos. Es una reducción injustificada, porque la lanza ardiente de la libertad atraviesa todos los estados de creación, sentires y producción de cultura y conocimiento de los seres humanos. Un ejemplo perfecto de este involucramiento se expresa en el arte, y en él la literatura, mundo mágico donde los seres humanos podemos encontrar y proyectar la absoluta libertad de pensamiento y expresión.

De ahí proviene la siempre presente e inconclusa disputa del poder por controlar la información, y la de los espíritus libertarios, por dejarla suelta y accesible. Cada época de la historia de la humanidad ha vivido esa tensión y ha podido enfrentarla, para verla resurgir en el siguiente período. Una muestra de esa cadena se encuentra en la restricción del aprendizaje de la escritura en las sociedades de la baja edad media, el célebre Index de títulos prohibidos por la Iglesia Católica, hasta la prohibición de la impresión de libros para el vulgo y de la circulación de novelas en América durante la colonia, hasta las quemas de libros perpetradas por todas las dictaduras. Y, sin embargo, siempre se han encontrado las formas de burlar la censura.

A tiempo de concluir, permítanme algunas menciones intimistas muy personales. Tuve la inmensa suerte de nacer en medio de una familia numerosa en Santa Cruz de la Sierra. Éramos una desordenada y alegre tropa de diez hermanos, de los que soy la número nueve; pero esa cantidad apenas era la mitad de toda la gente que día a día y a todas horas del día circulaba por una casa de brazos eternamente abiertos, ya que se sumaban una extendida parentela de muchas edades y múltiples grados de consaguinidad y un sin fin de amistades de diversas generaciones y pelaje, cómplices de aventuras cotidianas como estudios, fiestas, veladas artísticas, representaciones teatrales, sesiones de cuentos de terror a la luz de la luna y enamoradas serenatas.

En medio de esa perturbada vitalidad, en cierto modo una especie de edad de la inocencia, había mucha libertad y poco control, en parte por ser tantos a cuidar y en parte porque mis padres consideraban que dándonos comida y educación la tarea estaba suficientemente cumplida. Gracias a esa convicción pude leer cuanto libro cayó, o atrapé entre mis manos, sin censura. Creo que ese inesperado regalo de libertad, desde mi infancia, tuvo mucho que ver con los pasos que doy en mi vida.

El filósofo español Fernando Savater decía recientemente durante un encuentro con estudiantes de una escuela primaria en Buenos Aires en el que recomendó a los chicos estudiar para ser libres, ya que “La educación es la esperanza (…) es la base de la humanidad democrática, es el fundamento. Sin educación no puede haber democracia. Los dos grandes enemigos de la democracia en todo el mundo son la ignorancia y la miseria”. Y concluyó diciendo que siempre le ha parecido “peligroso que en una democracia el gobierno interfiera, tanto a favor como en contra, en los medios de comunicación, que son la posibilidad de una mirada objetiva o por lo menos de una mirada diferente a la oficial sobre las cosas”.

Agradezco a la Asociación Nacional de la Prensa el premio con que me ha honrado, que tiene, además del valor en sí mismo, el honor de compartirlo con los anteriores premiados, especialmente, con el padre José Gramunt de Moragas, maestro y amigo.


Sería deshonesto no mencionar que, aparte de la emoción personal que me suscita, lo considero un reconocimiento al trabajo compartido con varios grupos de personas cuya entrega, alegría y voluntad permitieron que juntas desarrollemos experiencia tan logradas como el Centro de Promoción de la Mujer Gregoria Apaza, la Subsecretaría de Asuntos de Género, el Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (CIPCA), la Defensoría del Pueblo, la Fundación TIERRA y el consorcio Apostamos por Bolivia. Por todo eso doy también las gracias a esas personas, compañeras y compañeros de ruta, aliadas y cómplices de emprendimientos, a veces ilusos y arriesgados, pero siempre inspirados en la utopía imprescindible de construir un mundo mejor.


El mundo mejor que yo tengo y comparto, personalmente y a escala, gracias al apoyo nunca retaceado de parte de Juan Cristóbal, Jorge Manuel y Sonia Beatriz:”


(*) Discurso pronunciado por Ruiz en oportunidad de recibir el Premio Libertad.

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