jueves, agosto 08, 2013

Un periodista y Klaus Barbie

Por favor, con el señor Klaus Barbie. -¿Quién? –contestaron en el intercomunicador de la finca El Carmen, de Chaclacayo.

-El señor Barbie, de parte de Albert Brun, periodista.

-Un momento –repuso el interlocutor, luego de una larga pausa.

Un rato después se abrió la puerta y apareció el propietario, el corpulento alemán Federico Schwend, sonriente, en actitud campechana, invitando a pasar al periodista francés que conocía bien pues lo había entrevistado por su pasado hitleriano. Seguramente luego de consultar con su paisano se decidieron por el cinismo hasta que el nazi pudiera regresar a La Paz.

-Pasa Albert, pero te has equivocado, aquí mi amigo se llama Klaus Altmann, es comerciante, vive en Bolivia' entra, tomemos un pisco.

Brun, jefe de la agencia France Press, llevaba un fotógrafo que tomó placas de la reunión en que compartió brindis con Schwend y con el otrora temible Klaus Barbie, cruel oficial de la SS, asesino de judíos y líderes de la resistencia francesa como el legendario Jean Moulin. Le decían El Carnicero de Lyon y la justicia francesa lo perseguía para colgarlo.

Parecía un sencillo comerciante, tranquilo y amable que aceptó la invitación para tomarse unos tragos en el bar del Hotel Bolívar, y hasta se dejó fotografiar para la revista Caretas en plena plaza San Martín.

La primicia de Brun dio la vuelta al mundo y no hubo dudas: era el Carnicero a quien pisaban los talones desde hacía años los esposos Klarsfeld, implacables “cazanazis”.

Corría el mes de enero de 1972, etapa dura del Gobierno militar presidido por el general Velasco Alvarado.

Albert Brun, el embajador francés y los citados Klarsfeld hicieron frenéticas gestiones para que la Interpol lo detuviera y se iniciara un proceso de extradición pero el Carnicero regresó a Bolivia sin problemas obviamente con la anuencia del Gobierno peruano, que no quería abrirse un frente diplomático con dicho país.

Barbie (Altmann) era ciudadano boliviano y protegido por sus autoridades.

Ésta es sólo una de las mil historias que tenía para contar el gran periodista Albert Brun, quien vivió en el Perú casi 40 años. Aquí murió, rodeado de afecto y admiración, jubilado ya de France Press pero sin dejar nunca el periodismo, que era su razón de vivir.

Pocos periodistas hemos conocido una historia de vida semejante. Yendo y viniendo a Bolivia, que también estaba a su cargo, asistió a importantes acontecimientos, como varios golpes de Estado. “He estado en seis revoluciones en el Perú”, solía contar a los amigos mientras sorbía café tras café y consumía cigarrillos sin descanso, en exceso, que ni siquiera su magnífica salud podía resistir.

Fue muchas veces entrevistado por jóvenes colegas. Uno de éstos le preguntó:

-¿Y alguna vez estuvo cerca de la muerte?

-Sí, durante la guerra del fútbol me detuvieron los hondureños, me metieron bajo una ducha y me tuvieron bajo el agua 72 horas, sin parar, sin comer, sin hablarme. Y en otra ocasión, y no me gusta contarlo porque parece huachafo (cursi), en Paraguay me hicieron un simulacro de fusilamiento. Claro que yo no sabía que era un simulacro.

En esos momentos uno dice “bueno, bueno, qué vamos a hacer' Es igual que cuando mi médico me dijo que tenía un 8% de posibilidades de salir vivo. ¿Lo opero o no lo opero? Pues opéreme le dije”.

La enfermedad lo derrotó finalmente y en una de sus últimas entrevistas aseveró: “Dos cosas no se aprenden, a ser poeta y a ser periodista”.

Juan Gargureviches un prestigioso comunicólogo y periodista peruano.



La primicia de Brun dio la vuelta al mundo y no hubo dudas: era el Carnicero a quien pisaban los talones...

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