martes, mayo 24, 2016

Challapa, memorias de un corresponsal de guerra boliviano




Walter Challapa Escalante (WCH) tiene una vida muy singular. Bastará citar que la realización de esta entrevista, vía internet, tuvo un paréntesis debido a la realización de ejercicios militares. Tras cumplir con esa exigente rutina, este orureño trotamundos recordó buena parte de su vida para El País eN.

EP.- ¿Qué actividades realizaba en Bolivia antes de convertirse en militar estadounidense?
WCH.- Periodismo que practico desde que estaba en el Anglo American School de Oruro (AAS). Comencé aprendiendo unos cursos de Periodismo y Fotografía de la Argentina que mi querida madre me compró antes de graduarme en el 1976. Simultáneamente, como futbolista jugué en el equipo juvenil de Ingenieros. Milité en la Primera División del Fútbol de Salón con Bolívar, en los 70. Asimismo, practicaba el atletismo habiendo ganado medallas en campeonatos nacionales y en la Olimpiada Universitaria (1979). Logré ser campeón nacional de Bolivia al ganar los 400 metros con vallas, categoría Seniors, en La Paz, el 2006. También competí en más de dos ocasiones en la Carrera Internacional de San Silvestre, en San Pablo. Allí pude medir fuerzas con el olímpico Lasse Viren (Finlandia), con el mundialista Víctor Mora (Colombia) y otros. Todavía no he abandonado el atletismo. Ya no compito como antes, ahora lo hago por mi salud y para mantener mi forma física que es un requisito en mi trabajo militar.
Ya he corrido en varios eventos en los cinco continentes del mundo. Competir en África, y correr con botas de combate en Asia y el Medio Oriente ha sido más que experiencia especial. Como entrenador de atletismo saqué campeón intercolegial al AAS y conduje a títulos nacionales a varios atletas hasta el 1982, asimismo fui preparador físico de los equipos de Oruro, de voleibol, y de básquet; en el 1983, la Organización Deportiva Panamericana (ODEPA) me concedió una beca en la ciudad de México donde obtuve mi diploma internacional de entrenador de atletismo.

EP.- ¿Cómo le ha ido en el periodismo?
WCH.- En el 1977, los Juegos Deportivos Bolivarianos de La Paz fueron el comienzo de mis ciclos olímpicos en el campo del periodismo. Mi cobertura de los Juegos Bolivarianos de Barquisimeto en 1981, la de los Juegos Sudamericanos de Rosario en 1982, y la de los Juegos Panamericanos de Caracas en el 1983, me fueron abriendo más fronteras. La ODEPA, el Comité Olímpico de Canadá, la Asociación Internacional de Prensa Deportiva, y los organizadores de los Juegos Panamericanos Toronto 2015, me entregaron un reconocimiento junto a otros periodistas, el año pasado en Toronto porque soy uno de los pocos periodistas que vienen cubriendo los Panamericanos desde hace mucho tiempo. Asimismo, soy el único periodista de Bolivia que viene cubriendo con información gráfica y escrita desde los Juegos Olímpicos de 1984 en Los Ángeles.
El señor Federico García, propietario de la Radio Atlántida de Oruro, me dio la oportunidad de conducir mi propio programa radial entre los años 70 y 80. Y, de allí pasé a ser corresponsal de Radio Panamericana, de Radio Topater, Radio América y otras. Luego de trabajar en el periódico La Patria de Oruro, mis publicaciones se extendieron a Presencia, El Diario, Hoy, Los Tiempos, El Deber y otros. Después de cubrir los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984, desarrollé el trabajo de corresponsal en EEUU. Y, para ser más competitivo, hice mis estudios universitarios en la Universidad de California. Luego de graduarme, más puertas se abrieron para mí en Hollywood donde estar cerca de las estrellas de cine y el arte era un trabajo normal. Hollywood también me incluyó en su mundo al darme un nombre artístico. Allí abreviaron mis nombres y apellidos para mejor comunicación moderna. Me llamaban “Walt Challap”. Mi trabajo en los certámenes de Miss Universo y mis coberturas internacionales se fueron extendiendo a más países en otros continentes. Logré estar en una audiencia con el Papa Juan Pablo II en el Vaticano. Parecía que todos mis sueños se estaban cumpliendo, sin embargo, notaba que algo más grande me faltaba.

EP.- ¿Entonces se inició su vida militar – periodística?
WCH.- El Ejército de los Estados Unidos convalidó mis estudios universitarios y me ofreció trabajo en 1993. Pensé que mi estatura que no es alta y mi edad iban a ser obstáculos. Al contrario, luego de haber estado en varias guerras me he convencido de que mi estatura me ha ayudado a esquivar las balas del enemigo y a moverme con más facilidad. Además de que me mandaron a la Academia Militar para ser Oficial No Comisionado. En el Ejército estadounidense encontré la oportunidad de seguir viajando por más países. Ir a la guerra era lo que me faltaba, y con el ejército lo conseguí. Además, que nos dan la oportunidad de superarnos académicamente. Recientemente logré otro título universitario más que ratifica mi licenciatura en Comunicación y Periodismo, en la Universidad de Maryland donde la graduación fue emotiva como en mis anteriores universidades de Texas y California.
Mi vida deportiva, mis conocimientos técnicos para aplicar en lanzamiento de proyectiles, mi experiencia de ser instructor, mis conocimientos de comunicación y periodismo, se fueron uniendo a mi preparación física y mental que las tuve que tener listas para cuando llegué a las guerras en Bosnia, Corea, Iraq y otros países.

EP.- ¿Qué recuerda de la zona que es considerada como la más militarizada del mundo?
WCH.- La primera vez que fui a Corea fue como periodista para los Juegos Olímpicos de Seúl 1988 donde la organización fue impecable. Me gustó mucho y me entraron ganas de volver. El deseo fue cumplido cinco años más tarde, con el Ejército estadounidense, claro mi lugar de trabajo ya eran los campos de combate. En aquel país asiático me enseñaron el taekwondo que posteriormente lo enseñé a las primeras mujeres del nuevo Ejército de Iraq.
El día que el velocista canadiense Ben Johnson ganó la medalla de oro en la Olimpiada de Seúl, los periodistas escribimos los titulares sobresalientes con su nombre; pero al día siguiente, el héroe se convirtió en villano porque dio positivo en el examen antidoping. Ese panorama ya no era el mismo para mí cuando llegué a Panmunjon donde se puede ver a los enemigos sin dispararse. Panmunjon está situada entre la frontera de Corea del Sur y Corea del Norte; es un punto neutral donde desde el anterior siglo trataron de firmar la paz entre las dos coreas.

EP.- ¿Cuándo y cómo le nació la inquietud de trabajar en zonas de guerra?
WCH.- El deseo de estar en una guerra, y saber sus verdades, me vino cuando en el 1982 se desarrollaba el conflicto bélico en Las Malvinas. Supe que muchos bolivianos que vivían en la Argentina fueron voluntarios y se ofrecieron para ir a esa guerra. Por entonces todavía no tenía suficiente información, conocimiento de reglas de combate, y tuve que resignarme. Entonces de alguna manera comencé a prepararme para una próxima oportunidad. Llegó a principios de los 90 cuando en Centro América había problemas. Pude llegar al epílogo de la guerra en El Salvador, allí donde se desarrollaban los combates entre guerrilleros y las fuerzas oficiales. Al suspenso de grabar documentales y entrevistar, se unía el peligro de perder la vida en cualquier rato. En una media noche cerca de la frontera de Guatemala y Honduras, pensé que mi vida no tenía escapatoria porque los periodistas no están autorizados a usar armas y gozar de privilegios dentro el marco ético e independiente. No fue lo mismo en Bosnia (a finales de los 90) donde yo era parte de las fuerzas armadas de pacificación, y donde los militares bajo reglamento están protegidos con sus armas. Sin embargo, las decisiones que no permitirían un mayor derramamiento de sangre, estaban a prueba en cualquier instante.
Un día, mientras varias personas hacían fila para pasar un puesto de control, una mujer salió de la fila y se dirigió rápidamente hacia mí. Comencé a pensar que posiblemente era una suicida porque ella estaba tratando de sacar algo de su bolso. Inmediatamente estaba entrando en la decisión de usar mi pistola o mi bayoneta. Cuando ella ya estaba a un paso sacó algo parecido a un envase que –pensé- podría contener gas venenoso. En cuestión de milésimas de segundo, comencé a sentirme tranquilo sin hacer nada porque sus labios comenzaron a mostrar una sonrisa. Ella comenzó a rociar perfume sobre mi armadura blindada, mi traductor me explicó que la mujer con intención de agradecimiento decidió por lo menos ofrecerme algo de su perfume porque yo estaba manejando la situación de la fila de una manera amable y con confianza para que todos se sintieran en paz. Casi lo mismo ocurrió en Iraq, donde en vez de perfume, me regalaron flores.

EP.- ¿Humanamente qué más rescata de ese tipo de experiencias?
WCH.- Independientemente de los lugares pacíficos o bélicos en el mundo, lo que me emociona mucho en varios de mis viajes, es que he podido ayudar moralmente y económicamente a mucha gente necesitada. He hecho mis aportes de una forma humanitaria y silenciosa sin pertenecer a entidades caritativas y sin propaganda. Quizá pocos saben lo que he regalado cerca de las zonas de combate o de paz donde hay humanos que no tienen ni esperanza por falta de comida, ropa, comprensión o educación.
Soy de los pocos periodistas que ayuda a los bolivianos en la difusión de sus actividades en los lugares donde radican. Un periodista debe estar donde nace la noticia. Así, personalmente he cubierto las actividades de los compatriotas que viven en Canadá, México y los Estados Unidos, a través de mi publicación digital e impresa llamada “Ganas Newspaper”. Antes, cuando vivía en Alemania, lo hacía con la comunidad que está en Europa. He producido la primera revista latina en Bergamo, Italia, en 1999, con informaciones sobre los bolivianos y otras actividades.
En las guerras he podido ver las peleas entre humanos, en los safaris de África me ha tocado ser testigo de las peleas entre animales que buscan la sobrevivencia. Vi lo que no muestran en videos o películas. Estar ahí en cada día de un safari ha sido otro de mis deseos cumplidos. En un safari se dispara, pero se lo hace con una cámara para grabar momentos que pocos tienen la fortuna de ver. Mi experiencia con los de la tribu Masai, de Tanzania, fue más que interesante porque ellos me mostraron sus saltos elásticos, y yo les mostré los saltos acrobáticos del Conjunto Folclórico de los Tobas.

EP.- Entiendo que su experiencia más intensa y directa en términos militares fue Iraq, ¿qué recuerda especialmente de allá?
WCH.- Hubo varias etapas y lugares en la guerra de Iraq a donde fui como parte de un ejército armado con un rifle moderno (2004), y luego como periodista independiente sin arma (2006). A diferencia de los combatientes en lugares de combate, los periodistas no llegan a menos que deseen perder su vida. El intercambio de fuego entre bandos antagónicos no da alternativas ni oportunidad de pocos segundos. Son los combatientes los únicos que saben cómo es el suspenso, el dolor y el resultado de cada combate. Ante esto noté que varios medios de comunicación no han reflejado las guerras tal como debe ser porque sus reporteros no logran llegar al frente donde está el verdadero fuego. Las películas son solo entretenimiento basado en lo que ha ocurrido en la realidad, no lo contrario. Un periodista de combate está expuesto en cuestión de segundos a perder su vida porque no es como cuando hacen entrevistas en la comodidad de su escritorio o como cuando cubren un acto social tratando de ganar admiración o amigos. La guerra es cruel y no discrimina.
No podía creer en Iraq cuando un día veía a mis compañeros e intérpretes, y al día siguiente algunos aparecían muertos. Después de todo, lo peor es que muchos no dicen tal como es una guerra. Me impresionó mucho, en la conclusión de la guerra que sostuvo Israel contra la guerrilla Hezbollah, que atacaba desde el Líbano (2006), cuando un grupo de soldados israelíes salieron felices marchando de un lugar de combate mostrando las banderas de su país, el Líbano y de los Hezbollah. Era claro que esos soldados estaban esperando el momento de la paz. Los soldados son los primeros en desear que no suceda una guerra.
Para mí también, como corresponsal de guerra para un periódico de Texas, la conclusión de esa guerra ponía un punto final a esos días de polvo, ruido y donde mi equipo de transmisión ya necesitaba reparación. No me había dado cuenta lo que tenía en mis bolsillos porque cuando hice escala en Estambul descubrí que mi tarjeta de crédito estaba hecha pedazos. Por suerte, unos billetes arrugados permitieron tomarme un descanso de la guerra y me dieron la oportunidad de conocer el ex templo de Santa Sofía que al final del Imperio Romano, cayó en poder de los Otomanos. Un sueño más hecho realidad de haber conocido la ex Constantinopla y el por qué fue sitio de guerra. En un mundo donde se necesita paz, también es lo peor que haya guerras. Creo que los que se sienten mal, son los que provocan guerras.
EP.-¿Cómo se relacionaban sus camaradas y la gente iraquí con el único boliviano del grupo?
WCH.- Los latinos o sudamericanos tenemos muchos detalles especiales que solamente lo sabemos cuándo interactuamos en los lugares de origen de otras personas. En Iraq, además del respeto de mis camaradas, tenía admiración de mucha gente de allí. En una etapa de la reconstrucción de Iraq, tuve la tarea de instruir a las primeras mujeres iraquíes en el Ejército. Fue una gran novedad aparte de que era el primer hispano y el único boliviano. La noticia dio la vuelta el mundo en varios idiomas, asimismo, produjo controversia en ese país conservador de sus costumbres. Independientemente de los combates contra los terroristas, la gente de allí se daba cuenta de quienes tienen sentimientos humanos. También, con mi fusil en mano, alguna vez me tocó por unos minutos, jugar futbol con iraquíes civiles y militares. En algunos patrullajes por barrios desconocidos, algunos niños nos perseguían con balones de fútbol y se daban cuenta inmediatamente que yo juego este deporte, y me decían: “Mister, mister, you are number one” (Señor, señor, usted es lo mejor).

EP.- ¿Conoció a otros bolivianos en actividades del Ejército de EEUU?
WCH.- A lo largo de mi carrera militar que tiene más de 20 años, vi algunos bolivianos en diferentes lugares y otros tipos de trabajo, ya sea de soporte o logística en otras unidades diferentes a la mía. Algunos abandonaron o se salieron a la conclusión de sus contratos ya sea de dos o tres años.

EP.- Entiendo que ha recibido importantes reconocimientos por su labor como periodista
WCH.- Gané el primer premio periodístico de la Asociación de Prensa de Texas (2006), también el Premio de Fotoperiodismo en Alemania (1999), el Premio de Fotografía Militar en EEUU (2000). Me nombraron Editor bilingüe del periódico El Águila desde el 2005. Asimismo, recibí varias distinciones militares desde 1993 debido a que la superación profesional es constante y necesaria. zzMás de dos veces di cursos de Periodismo de Guerra a candidatos para corresponsales militares en Bolivia desde 1994. También formé la Unión de Foto Periodistas Panamericanos, en Guadalajara, México, junto al desarrollo de los Juegos Panamericanos del 2011.

EP.- ¿Qué hace actualmente?
WCH.- Sigo viajando por el mundo, sigo con mi carrera militar, sigo intercalando mis obligaciones con el trabajo periodístico, sigo enseñando, sigo con mis pasiones de fotografiar, practicar deportes, bailar, gustar del cine y el arte.

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