domingo, mayo 22, 2016

“Don Nico”, un cuarto de siglo imprimiendo El País



Con una pequeña sonrisa que rompe la frialdad de su rígido rostro, y peinado como para el primer día de escuela, Nicolás Mamani de 65 años ingresa a El País y saluda a todos los que se cruzan en su camino. Son ya las doce de la noche.

Su recorrido termina cuando se para frente a su Roland Bareba, una máquina ófset de imprimir periódicos del año 1958. “Su máquina es más joven que él”, bromean sus compañeros, mientras Nicolás se dispone a iniciar su trabajo.
Como si se tratase de un ritual, acomoda sus herramientas, dispone el papel, se frota las manos e inicia su labor. Está consciente de que su jornada durará hasta el amanecer, por lo que al día siguiente dormirá toda la mañana como acostumbra.
Nicolás trabaja en el diario El País desde hace 25 años, tiempo que lo cumplirá junto con el matutino este 13 de junio. Llegó a trabajar en la impresión de periódicos por “cosas de la vida”, y ahí está ahora, un cuarto de siglo dedicado a esto.
A lo largo de su vida hay cosas que prefirió no preguntar como el haberse criado con su tío desde sus dos años sin saber por qué. “Yo me crié con mi tío pero ya no pregunté por qué” nos revela con total naturalidad.
Nació en Potosí, se crió en Caranavi y luego en los Yungas hasta sus once años. El nombre de su tío lo tiene bien presente: “Roque Mamani”, dice con una firmeza que denota un gran agradecimiento a esta persona.
Relata que en el tiempo que vivía en los Yungas producía café, maíz y platano, ya que los familiares de su tío poseían un terreno en esa región. A los siete años entró al colegio; sin embargo a los once decidió que era tiempo de marcharse.
“Yo tenía un casero que vivía con nosotros en Caranavi y se fue a Santa Cruz. Cuando regresó me dijo ándate allá y me fui con ellos” cuenta y agrega que no conocía nada de esa ciudad. Así que cuando llegó tomó un micro para ir a Colonia Colorada y un hombre mayor le preguntó si no quería trabajar en el campo, en la cosecha de guineo. Nicolás aceptó de inmediato.
“Me agarraron bien. Aparte, yo era cazador, porque sabía cazar con fusil máuser”, dice orgulloso. Detalla que lo llevaron a San José, cerca de la carretera antigua a Cochabamba. Estuvo seis meses en el campo y después, su vida dio un giro. La persona que lo contrató le propuso trabajar en una imprenta.
Una vez más, dijo que sí y se fue a vivir a la ciudad. El nombre de su empleador era Pablo Zambrana. “Él tenía imprenta antes pero en la época de la dictadura lo desterraron. Así que en Santa Cruz se dedicó a las plantaciones”, cuenta y agrega que hacía pequeños trabajos de imprenta como facturas, boletas y demás.
Años más tarde, Pablo Zambrana, volvió a trabajar de maquinista en la impresión de periódicos, puntualmente en El Comercio de Santa Cruz. “Como a mí me gustaban esas cosas, yo trabajaba en el día en la imprenta y luego iba a acompañarle en la noche. Iba a hacer cafés, pero sobre todo iba a aprender. Ahí estuve un mes porque me gustaba”, revela Nicolás.
Agrega que un día, de tanto que lo veían ahí, el “camba gerente” le dio una pieza en el mismo periódico y se quedó a trabajar en ese lugar durante tres años. Así comenzó de ayudante de prensa, manejando una linotipo. “Una máquina que trabaja como robot y saca línea por línea las letras”, precisa.
Empero, con el paso del tiempo. De ayudante llegó a ser prensista, luego sumó un trabajo más, pues aceptó trabajar medio tiempo en el periódico La Crónica. “Ahí trabajaba media noche y después me iba al Comercio”, cuenta.
Posteriormente, a sus 14 años, trabajó en el diario del Oriente y también en El Deber. Detalla que todos sus trabajos eran hasta la madrugada y a eso se sumaba el colegio, al que iba todos los días a las siete de la noche, pero en quinto grado lo abandonó.

Un tiempo difícil
Nicolás recuerda que desde los cuartos de imprenta sufrió mucho en tiempos de dictadura. Mirando el horizonte dice que por ese entonces, como él vivía en el taller, llamaban por teléfono y le decían “si no recogen el comunicado los periodistas serán perseguidos”.
“Yo iba a recoger esos comunicados, porque si no sacábamos los sacaban a balazos a los periodistas. Eso hacían los paramilitares, sobre todo porque en el periódico estaba el doctor Serafín Díaz que era comunista”, recuerda con nostalgia.
Sin embargo, esto no fue suficiente, pues una mañana del año 1971, desconocidos entraron a El Comercio con metralletas. Por un momento casi matan a uno de sus compañeros, sin embargo, se dieron modos de salir escapando por el techo.
“Eran las siete de la mañana y los periodistas se fueron a las seis. Ellos buscaban a los periodistas para matarlos”, recuerda y agrega que tras el golpe de García Mesa, allá por los años 80, el periódico fracasó y Nicolás se fue a trabajar a la frontera.
“Como no tenían cómo pagarnos las indemnizaciones nos hicieron socios, éramos 15 entre periodistas y maquinistas. Finalmente no nos pagaron la indemnización y nos dijeron que nos agarremos la máquina”, rememora.

Un nuevo comienzo
Pasó el tiempo y cuando Nicolás estaba trabajando en la frontera, lo llamaron y le dijeron que la máquina se estaba yendo a Tarija porque la había comprado el prefecto Hugo Oliva y el alcalde Mario Virreira. “Me vine tras la máquina y con ella sacamos La Voz del Sur en Tarija. En ese entonces tenía 25 años”, señala y añade que a sus 30 años ya tenía esposa y tres hijos.
En la Voz del Sur se quedó hasta el año 1990, pues luego este medio se cerró. “Las máquinas ahorita están por ahí para hacer un museo. Hay dos linotipos, una prensa y una triturador”, dice.
Relata que tiempo después, por el año 1991, comenzó a trabajar en El País. Desde ese entonces Nicolás Mamani imprime 16 páginas del diario, realiza mantenimiento a la máquina y la arregla cuando hay algún desperfecto.
Orgulloso afirma que le tomó un gran cariño a este diario, de donde piensa jubilarse. Agrega también que tiene su nieto a quien le está enseñando el oficio. Sin embargo, cuando se le pregunta por sus hijos dice que ya la ha olvidado, pues todos son casados y viven en otro lugar.
“Tengo sólo una hija que vive aquí y cinco hijos pero en otras mujeres. Viven en Valle Grande”, dice con una sonrisa que se abre paso a fuerza.

Un tropiezo en su vida
Si hay un momento que Nicolás quisiera no recordar, es aquél cuando se divorció de su esposa. “Un tiempo me he dedicado a la tomada”, cuenta mientras resalta que igual cumplía con su trabajo. Agrega que eso fue hace ocho años atrás, cuando su esposa lo dejó. Luego de eso y como él dice “se pilló otra mujer” y dejó de tomar.
“Mi mujer ya no me dejaba tomar y quedó eso. Tengo un hijito con ella, está de un año y medio. Con él ya tengo seis hijos”, resalta y con una felicidad que brilla, afirma que tenía 63 años cuando volvió a ser papá.

Entre anécdotas
Entre las anécdotas que vienen a su memoria está la vez que tuvo que imprimir El País solo. Eran las cinco de la mañana y ninguno de los prensistas había asistido al trabajo, por lo que Nicolás tomó el mando de las tres máquinas y sacó a las ocho de la mañana el periódico a las calles.
Entre otras cosas recuerda, que una vez un prensista metió la mano al rodillo de la máquina por sacar papel y se la hizo agarrar. “Estaba gritando, se hizo agarrar la mano en la cadena. En ese momento volví atrás la máquina y logré sacar su mano”, afirma con una gran seriedad.

Un saludo por los 25 años
Cuando habla de los 25 años de El País dice de inmediato, con una nostalgia que se respira, que “el tiempo ha pasado rápido”. Resalta que más que compañeros de trabajo hizo amigos y aprovecha para contar que en el taller se hizo una pequeña cama.
Cuando comenzó con la idea sus compañeros le decían “de gana don Nico”. Sin embargo, con el paso del tiempo no hay quien no se la pida prestada y eso lo pone feliz. “Me dicen don Nico présteme su cama y le digo pero cambia la sabana, es papel blanco”, cuenta con una gran sonrisa.
Finalmente dice “este periódico va seguir yendo adelante porque es bueno. En talleres todos nos apoyamos para que cada día El País esté en las calles muy temprano por la mañana”. Y por último, emocionado hasta las lágrimas, Nicolás Mamani señala: “Hay que estar juntos toda la vida”.
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