martes, junio 28, 2016

Pedro Rivero dijo adiós como buen periodista

El director de EL DEBER falleció la madrugada del 13 de junio del año en curso. Fue periodista, empresario, embajador y presidió casi todas las instituciones cruceñas. Su familia y su periódico atestiguan su obra

A la una menos diez, a la hora en la que el último periodista abandona la Redacción de EL DEBER, Pedro Rivero Mercado se despidió de este mundo, cerró la última página de su vida. “El periódico no lo voy a poder dejar, lo llevo en las venas, es parte de mi sangre”, decía cuando le preguntaban por su jubilación. Por eso, el hombre nacido el 19 de octubre de 1931, supo que a esta hora, cuando los periodistas apagan las luces para volver a casa, era el momento de marcharse.

Pedro Rivero Mercado solía llegar temprano a EL DEBER. Atravesaba la Redacción a diario y saludaba con un sonoro y solemne “buenos días” a quien encontraba a su paso. Luego desaparecía en una oficina espaciosa, llena de libros, pinturas y recuerdos. Recibía una visita por día, revisaba editoriales y pasaba el día tecleando sobre una computadora de pantalla grande, mientras su vieja máquina de escribir lo miraba celosa desde la chimenea. Eso lo tenía ocupado diez horas al día.

Rivero Mercado comenzó a recibir un sueldo de periodista en 1961, cuando fue contratado como redactor del diario Progreso. Sin embargo, el periodismo lo había enamorado antes, en los tiempos en los que era un flacuchento estudiante del Nacional Florida. Allí editaba El Tijeretazo, un periódico colegial en el que mezclaba bromas en prosa y en verso y comentarios serios sobre la juventud y el estudio.

La vocación era clara, pero en 1950 Pedro Rivero Mercado decidió no escucharla. Quiso estudiar Medicina. Había visto morir a su padre, Guillermo Rivero Arriaza, cuando solo tenía 42 años y luego había despedido a su hermano de solo 19 años producto de una meningitis. “Me propuse ser médico y luchar contra la muerte”, decía cuando contaba su año en Cochabamba en la Facultad de Medicina. Pero la vocación tiene una voz poderosa. Volvió a Santa Cruz, aplazó su sueño con la promesa de retomarlo cuando se abriera Medicina en la Gabriel René Moreno y comenzó a estudiar Derecho.

Antes de graduarse, se casó con Rosa Jordán y tuvo a Guillermo, Pedro y María del Rosario. Tras recibir el título de abogado, nacerían Sonia y Juan Carlos. En 1965, luego de un paso por la dirección de La Estrella del Oriente, tomó las riendas de EL DEBER. En ese momento, el Diario Mayor no era el periódico de referencia que hoy es, era un diario casi artesanal, que escribía, editaba y distribuía Pedro Ri-vero Mercado junto a su esposa.

No descuidó nunca su trabajo como escritor. Desde la década de los 80 comenzó a publicar libros de poesía, comenzando por Los 100 mejores poemas de Gustavo Adolfo Baca, una colección de versos que pasó fácilmente la centena y que aún resuena en los actos cívicos de los colegios. Luego se unieron historias contadas en verso como Las tres perfectas solteras o Las palomas contra las escopetas, entre otros títulos, pero aún no estaba tranquilo. A los 69 años editó su primera novela, Los gorriones del barrio. Temía que no tendría tiempo para escribir una segunda, pero terminó su-mando cuatro títulos a su catálogo.

Pedro Rivero Mercado era un hombre que quería a su tierra. Presidió casi todas las instituciones cruceñas y cuando lo nombraron embajador de Bolivia en París, quiso llevarse par-te de su cultura y mostrarla en Francia. Sobre el escenario de la UNESCO, sonaron los violines de Urubichá.

Era un mecenas silencioso, que ayudaba a gente de cultura sin que nadie lo sepa. Para que esa tradición sobreviva, creó junto a su esposa la Fundación Pedro y Rosa. Ahora, el premio de periodismo más codiciado del país lleva su nombre. Este año no pudo entregarlo en persona. Ya peleaba su propia batalla con-tra la muerte, esa que se había llevado a su padre y a su hermano tan jóvenes. Pedro Ri-vero nunca pudo estudiar Medicina. Cuando se abrió la carrera en la Gabriel René Moreno ya tenía más de 60 años. Ya no importaba.

Había aprendido a dar vida a personajes a través de las palabras. Había aprendido a perpetuarse, que es otra forma de derrotar a la muerte.

Fuente: El Deber - Instituto PRISMA.

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